Uno no sabe dónde está esa delgada línea que hace que tu vida pierda sentido. Que falte la ilusión, que se desvanezca el futuro y más aún el pasado, que se deje de buscar motivo alguno, que el corazón pierda su ritmo. No sé dónde está esa delgada línea que te cuesta la vida. Esa delgada línea que, atravesada, te aleja de los demás y de ti mismo. Que te conduce con pies descalzos hacia el vacío como única salida, que te anega los pulmones y convierte tu aire en grisú. Que te cierra los ojos y te adormece. Que te quita de en medio para siempre, como si tu vida no tuviera sentido o valor o color o como si no mereciera la pena, como si nunca lo hubiese hecho, por ese pasado que ya no está porque se quedó al otro lado de la delgada línea y por ese futuro que no se espera.
Hace un año mi tío Antonio se quitaba la vida. Cruzó esa delgada línea. Un año después no acabamos de entenderlo, y la rabia sigue concentrándose en nuestros sentimientos. Hace una semana otro familiar intentaba suicidarse. Por suerte tiene otra oportunidad y desde este lado de la línea se arrepiente de sus actos, vuelve a tener futuro y pasado y presente.
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