He de suponer que quién mancilló una tapia ajena con una frase como la que se lee es que realmente tenía o sentía frío, tanto como para necesitar expresarlo así, de forma escrita y en letras mayúsculas. He de suponer que se refería a un frío de los del final del invierno cuando uno está ya tan cansado de la ropa de abrigo que parece más frío aún que el del principio. Supongo también que lo hizo como grito desesperado a no se qué dios griego con la ilusión de cambiar por un momento de meridiano y así saborear un poco del calor del que ahora otros disfrutan. Y como no, no puedo dejar de suponer que al final, y como siempre sucede, el sentido de su expresión se perdió en el momento en que la primavera arribó, pues ese frío al que se refiere no se quedó tan dentro como para seguir haciendo de la frase un hecho sino que pasajero, como el tiempo, quedó atrás, eso si, para volver luego, y entonces vuelva a tener sentido lo escrito si es que para entonces aún podemos leerlo...
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