odio las terrazas. No lo hacía pero me han declinado hacia este sentimiento mis amigos y socios fumadores. Yo entiendo que un café o una cervecina sin cigarrillo se hace un poco duro. Y lo entiendo, aunque no fume, por sus prisas y sus caras, por su nerviosismo. Y así, con la llegada del sol, no el del verano, sino ese sol que surgió a partir de la ley antitabaco, los bares se plagaron de terrazas (y estufas). Y no hace falta que diga que León no se prodiga por sus altas temperaturas en lo habitual, sino más bien todo lo contrario, que la chaquetina es prolongación o apéndice. Pero no importa, y es más fuerte la sed que el miedo al veneno, o mejor dicho, la necesidad de nicotina que el frío, y más cuando éste es ajeno....
Ay de mi, mujer aterida, que estoy pasándolo peor ahora que en pleno invierno! (qué exagerada!) y todo por este invento maldito, que llena aceras, plazas y soportales de sillas y mesas de plástico descolorido, mimbre ajado o cristal sucio! Y sí, odio las terrazas.
Ay de mi, mujer aterida, que estoy pasándolo peor ahora que en pleno invierno! (qué exagerada!) y todo por este invento maldito, que llena aceras, plazas y soportales de sillas y mesas de plástico descolorido, mimbre ajado o cristal sucio! Y sí, odio las terrazas.
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