recién comenzada la Semana Santa, los atardeceres y las noches, los amaneceres también, se llenan de ruidos de cornetas, tambores, saxofones, y trompetas. Las calles se llenan de gente que murmura un ratín antes, y de niños de vacaciones. Las calles se llenan también de anuncios de prohibido aparcar y de terrazas de permitido fumar. Los tenues rayos de sol hacen florecer las piernas blancas, lustrosas, que también llenan las aceras, y eso que, ingenuas ellas, desconocen volverán al ostracismo de los pantalones largos y las faldas, las medias de punto, antes de que cante un gallo sin la necesidad de que nadie lo niegue tres veces. Piernas que también llenan bares, todos llenos con carteles de solemnes "Hay limonada" desnudos sin la coletilla "de la casa", agradecidos todos a Sanidad este gesto que unifica calidades y minimiza la intoxicación a lo meramente etílico. Limonada de polvos, se concluye siempre, de Tang, de la que compras en el super de la esquina, es el precio del progreso, de la globalización. Semana Santa que se llena de borrachos en procesión de Genarín, el jueves santo, con orujo los brindis, y de otras procesiones los viernes, más de cada uno, de dentro, con el Hombre del Mazo como Cofrade Mayor y tú como único costalero.... ay, bendita resaca, que siempre sale al encuentro.
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