Madrid de ida y vuelta

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Esta semana he tenido que acercarme a Madrid por temas de trabajo. Trabajo que se resumía en la firma de un contrato en el número 3 y 5 de la calle Alfonso XII, lo que en tiempo puede suponer un par de minutos pero para lo que es imprescindible la presencia física del contratista... Elegí para tan distinguido acto, el de firmar, un día de esos de huelga de metro, aunque poco me importara porque disfruté durante todo el día de la compañia de aquella que me acompañara por las obras en periodo estival y que ya es toda una señora Arquitecta. De ella y de su vehículo motorizado de cuatro ruedas y de parte de los comunes atascos que sufre esta capital europea. También pudimos pasearnos un ratín por el Prado, pararnos delante de majestuosas obras de arte, disfrutar de esa relación que se crea entre el lienzo pintado y el observador ajeno y criticar con mayor o menor acierto la ampliación proyectada por Moneo. De menú, comida japonesa, algo que acostumbro a saborear siempre que el destino me lleva a comer a alguna ciudad que no sea la mía, ya que aquí lo más japonés que tenemos es el cartel que aún cuelga de la puerta de la habitación de los telares y donde se puede leer OKAERINASAI. Un café o una tónica para ese rato antes de la hora de embarque al tren, una avería con retraso de unos 75 minutos y un día que resultó placentero por el recuentro, por el sushi y sashimi, por el contrato firmado que me garantiza que al menos este año podré seguir dedicándome a lo de "aparejar" y por el arte que siempre sienta tan bien.

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